A menudo leemos en boca de los gurús del 2.0 que las redes sociales de Internet son un fenómeno positivo para el periodismo y la comunicación, porque juegan a favor del pluralismo, contribuyen al feed back con la audiencia y facilitan la labor informativa.
Los medios online han de buscar la profesionalidad en la crítica también
Si bien es cierto que este fenómeno está modificando sustancialmente la forma de producir y consumir información, las consecuencias de esta revolución tecnológica no deben ser necesariamente buenas para la salud del ecosistema comunicativo. A veces, las redes sociales contribuyen a la proliferación de contenidos que pervierten la razón de ser más básica del periodismo. Un ejemplo de esta tendencia lo encontramos en el ámbito de los géneros de opinión y, en concreto, de la crítica cultural y de productos.
De entre todos los géneros, la crítica es uno de los más complejos. A su autor se le debería exigir no sólo especialización, sino también capacidad de contextualizar y argumentar, unas dotes de redacción notables y criterio propio. A veces, el problema radica en que el crítico, si bien puede ser un amplio conocedor de la materia, no tiene las herramientas ni la formación para poner su saber al servicio de un buen contenido periodístico.
La eclosión del 2.0 no ha hecho más que amplificar un problema que ya teníamos: si muchas de las críticas que leemos en la prensa especializada (y en la que no) ya tienen muy poco de periodístico, de lo mismo podemos decir de la avalancha de blogs, bitácoras y webs especializadas que han aparecido durante los últimos tiempos, amplificadas ahora gracias a Facebook y Twitter. Las hay buenas, sí: de hecho, hay algunos que son mejores que muchos contenidos que podemos leer en la prensa llamada ‘convencional’. Pero no son mayoría. En cambio, hay demasiado ruido y demasiado contenidos que reproducen los vicios de la crítica “de siempre”.
A base de leer y elaborar críticas mal hechas (a veces por la propia incapacidad y a veces obligados por las dinámicas de nuestras empresas) hemos acabado siendo esclavos de una serie de fórmulas gastadas y de un lenguaje vacío. Deberíamos ser conscientes, cada vez que abordamos un texto, que ya no basta con las viejas técnicas de lucimiento estilístico.
La fórmula mágica para renovar la crítica no la tiene nadie. Pero hay que plantearnos lo que hacemos mal. Y debemos tener claro que un mal periodismo en los medios generará contenidos ‘ruidosos’ en las redes sociales, y unas redes sociales ‘ruidosas’, hoy en día, son la garantía de una sociedad menos bien informada. Es necesario, tal vez, que nos planteamos un retorno a la esencia. Algunas ideas: hay que leer mucho antes de atrevernos a escribir. Aprender de los que saben y admitir que no sabemos lo suficiente. Ir a las fuentes y darles voz, sobre todo si son voces silenciadas por los medios. Porque la crítica es esencial para formar ideas en los usuarios, bien sea de un producto, como de una manifestación cultural o lo que sea.